Para discutir de todo...como en botica.

jueves, enero 26, 2006

Los cinco hábitos de los hombres totalmente exitosos

Aljuri, el Señor Optimista y la gata del anticuario me atacaron. Como ellos, como tantos de quienes escriben blogs por estos lados, exigen que les cuente cinco hábitos, cinco hábitos bien extraños. Veamos qué cosas raras suele hacer el boticario, si es que a alguien le interesa:

1 – Como ya todos saben, si me han leído antes, gusto del sabor de los mocos. Sin embargo, ya sean míos o de alguien más, siempre prefiero los de la fosa derecha en el caso de los diestros, y los de la fosa izquierda si son producidos por un cuerpo zurdo. Sí, tiene cierto sabor a esfuerzo y trabajo que me gusta, mientras que los del lado contrario tienen una consistencia más blandengue.

2 – Tengo una extraña debilidad por las mujeres – por lo general, bastante jovencitas – que parecen tener la extraña necesidad de incluir en cada frase que dicen la palabra “uon”. Bueno, a veces es “ueón” o “uuón” o algo así, depende. Me gusta más que cuando dicen “marics”. Úsalo y me derretiré instantáneamente a tus pies. Es mi criptonita amorosa.

3 – Cuando bebo algo puedo, perfectamente, no levantar el dedo meñique. De hecho, nunca lo hago. Sin embargo, a la hora de bailar calipso, el mismo dedito se yergue con una energía incomprensible y, si trato de bajarlo, pierdo el equilibrio y caigo a la pista de baile, lo que puede tener consecuencias aún más lamentables cuando la fiesta está tan buena que estamos haciendo el clásico trencito.

4 – Soy buena paga pero, más que eso, me encanta pagar deudas. Suelo pedir prestado para poder devolver, luego, lo que me prestaron. Hay un extraño placer en sentir la plata salir de mi bolsillo, pero sólo cuando es para pagar un préstamo. De resto, me es indiferente.

5 – Soy un adicto enfermizo al chocolate, aunque no me gusta tanto el dulce. Pero el chocolate… chocolatina jet con aguardiente, chocolate amargo para el frío, la angustia o el hambre, helados, ponqués, chocorramos o braunis de postre. Sin duda, el mejor piropo fue cuando me compararon con un Ferrero – eso bastó para asegurarle un espacio en la botica a la persona que lo dijo. Y, de nuevo, sin duda, nada para demostrar interés y aprecio como el regalo de un brauni especial, un pan de chocolate o un éclair de chocolate en una noche de clavada para un final, sobre todo si es de sorpresa y es viernes. Eso no se hace todos los días.

Bueno, hecho el deber, ahora toca dizque pasárselo a otras cinco personas, pero creo que ya todos lo hicieron, o por lo menos ya les han puesto la tarea. Pero por si acaso, ahí les va a Cris la del té , Laura Londinense , Titania, Herr Doctor Barbárico y Don Tomate.

P.D. Si van a comentar, háganle rápido a ver si podemos terminar la historia del Ogro de Bakú.

lunes, enero 23, 2006

Cazador en el centeno - 2

Un poco más trade de lo prometido, debdio a problemas laborales, informáticos, inexistentes, sentimentales y gastrointestinales, se cumple lo prometido. Pido disculpas a quienes esperaban tener una buena lectura del Ogro de Bakú apra el fin de semana (sí, cómo no). Así que acá sigue la historia.

Los pensamientos me atropellaban pero podía repasarlos en paz. No estaba en la penumbra y estridencia de un salón comunal, tratando de identificar alguna niña para bailar o sosteniendo una conversación a gritos. Tampoco estaba en los círculos que se formaban en el colegio, donde al mismo ritmo que escupíamos en el piso oíamos las historias de los próceres de la virilidad. Aquellos que habían estado en territorio enemigo – o que decían haber estado – y traían botines de guerra.


Mis botines de guerra me los guardaba para mí mismo. Además, al final de cuentas, ¿cuáles eran en ese entonces? Recuerdo dos. A los doce años había estado en Santa Marta con mi familia, y mientras organizábamos en la playa peleas nocturnas de cangrejos, descubrí con un amigo un tesoro: una cortina a medio correr en una de las cabañas del hotel, ocupada por seis o siete mujeres. Inventamos que eran modelos – o tal vez lo eran – mientras las veíamos cambiarse y caminar en calzones de un lado a otro de la habitación. La ventana apenas daba espacio para uno de nosotros, y el grupo de espías creció con el paso de los días hasta que una mala noche el telón se corrió para siempre. A pesar de los breves turnos que tuve, de la difícil perspectiva, del vidrio sucio y de la distancia, lo consideré un auténtico ritual de iniciación.

El segundo fue un ataque directo. Después de mucho evadirlo, Juan Manuel – mi gran amigo de infancia – me convenció de pedirle a Ana María, una flaca altísima que enredaba sus piernas y brazos en una bicicleta, que fuera mi novia. Él había decidido que le gustaba más Sandra, la prima de la flaca (Juan Manuel, claro, fue el primer ejemplo del tipo “pinta”, que escoge primero y que deja algo para los demás). Ana María me mandó el sí con otra vecina. Sin haber disfrutado de mi nueva condición, ni haberla visto o hablado con ella, salí de Bogotá unos días. Cuando regresé me esperaba una carta en el buzón, escrita en colores, con la ruptura definitiva e inapelable.

También estaba Juanita, la mejor amiga de mi hermana. Era la figura femenina más cercana que tenía, aparte de mi mamá y de mis hermanas. Me trataba como a su hermano menor y explotaba mi timidez al máximo, con preguntas sobre mis amores inexistentes o con coqueteos y cumplidos concebidos para desestabilizarme. Arrinconado y derrotado, yo respondía con pocas palabras y gestos ridículos. Ella se reía, movía el pelo, me clavaba un beso en la mejilla o seguía hablando con mi hermana.

Veía a Juanita en mi casa, en los paseos familiares y en mi finca; la veía de reojo en la mañana con una piyama; la veía pasar y me enredaba en su olor femenino; la veía en el río en vestido de baño; la veía y la veía y trataba de entender algo. Y después de darle vueltas y vueltas, llegué a la conclusión de que no estaba cultivando ningún amor platónico por ella. Sencillamente había copado mis terrenos sagrados, el cuartel general donde reunía fuerzas, donde me escondía del enemigo y planteaba estrategias fallidas. Era una invasión que me confrontaba, pero contra la cual no podía hacer nada.

Para quienes no han gustado de esto, tienen la buena nueva de que sólo falta un tercer apartado y listo, salimos. Claro, los que sí están medianamente intrigados, también sabrán que este viernes podrán leer qué fue del narrador, de Juanita y, claro, de Lucas. Nos veremos.

miércoles, enero 18, 2006

Alivio

Finalmente puedo decirlo: este beso es mero instinto.