Juana, Pequeña Llama
El viento sigue corriendo, pero cada día me trae menos sonidos de Juana. Mi silencio se debe a la lucha por retener las canciones que aún recuerdo, las hilachas de voz que van quedando, los inciertos ruidos que parecen venir de ella. Pero ya hace un par de días que el viento se limita a traer su propio zumbido, entrecortados por los pitidos, los motores, las risas de personas desconocidas. Ya no oigo a Juana, oigo a la ciudad e intento escucharla, pero no lo logro. Mi oído se amoldó a sus sonidos, y ahora lo ataca el silencio que, para un oído, es la muerte.
Quizás sigo soñando en este encantamiento, pero quiero creer que la muerte de mi oído, muerte pasajera, es la muerte de Juana la Casquivana, muerte definitiva. O pasajera.
Curiosamente esta muerte no me produce ni alivio ni dolor; no me siento triste, liberado, solitario o estupefacto. No. Sencillamente me molesta este silencio; Juana, mi bella Juana, esquiva como la luna, desapareció. Y yo, que no sé bailar a la sombra de los eucaliptos que pueblan mis recuerdos, sigo acá. Pero ya no hay ilusiones, no hay un corazón expectante, no.
Creo que estuve semiinconsciente, en un ingrato duermevela, por un par de días. Pero ahora siento que un calor extraño se acerca a mi mano, a mi mano izquierda, mientras ante mis ojos un escritor oriental muere y mata en el desamor. El calor es tímido, vacilante, poderosamente agradable – viene y va como dudoso, como inquieto, como asustado. Pequeña Llama, le llamarían los sioux o algo así. Pues Pequeña Llama me recuerda a Juana, me la hace sentir ni casquivana ni esquiva. Presente aunque con miedo. Gracias a Pequeña Llama, que quizás sea Juana en su nueva vida, muda y atenta, desperté, y pude volver a escribir.
Quizás alguien lo lea y me ayude a entender qué es lo que ocurre.

