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lunes, abril 09, 2007

Cambiar de nombre

Algún día alguien lo nombró, alguien le dio eso que es un rótulo primero y la identidad después, ese algo de viene de afuera y se va convirtiendo en adentro, en tan adentro que está en el miedo, clavado en la piel, doblado y reblandecido. Alguien le dio nombre, le dijo que debía estar alerta cuando le dijeran de cierta manera, le alertó del miedo que le debían producir ciertos sonidos. Y le llamaron Tigre Consentido.

Valiente pero frágil, olvidadizo y perezoso, Tigre Consentido decidió que su destino debía ser vagar por los caminos sin repetir nunca un trayecto. Así que empezó a andar, a andar sin tener una meta distinta a la de nunca repetirse, y así como nunca volvía a pasar por un lugar por el que hubiera pasado antes, cada día era diferente, cada mañana despertaba con un deseo más extraño, más novedoso. Quería perder ese nombre y crearse otro él mismo, quizás Oreja Perdida, quizás Fantasma en Vida, quizás Beso Sin Piel.

No sé cuánto caminó, porque él tampoco lo sabe. No sé por cuántos ríos pasó, cuántas personas conoció sin volver a ver, cuántos lugares nombró para luego olvidar. Él tampoco lo sabe, aunque pronto se dio cuenta de la necesidad de recordar, de tatuar todo en su cabeza para prevenir el peligro de volver a pasar por algún lugar, de repetir un silencio, una sonrisa, un bostezo. Caminó otro poco y sintió ganas de volver a algún punto, de continuar una conversación interrupta, de mirar con más detenimiento a alguna niña hermosa. Supo que se trataba de un gran peligro, según cuenta, y reprimió esas ganas; cuando notó que eso no era suficiente decidió conseguir una libreta y anotar los nombres de los lugares, el sabor de las cervezas, las diferentes marcas de chocolates. Y siguió.

Así, con todo eso, cuando quería revivir algo, cuando sentía que iba a vomitar y todo lo que salía era el deseo de volver, sencillamente acudía a su libreta y leía, y dibujaba, y recordaba. Vivía. Revivía. Sobrevivía. Seguía adelante, pero no encontraba su nombre: seguía siendo Tigre Consentido. Alguna vez decidió dormir dos noches en el mismo lugar, no tanto por el sitio (antes había pasado una noche, por ejemplo, en la desembocadura de un río en el mar, con el viento bajando frío desde las montañas y el corazón empeñado en enamorarse) ni por la compañía, sino por el recordar lo que se sentía al repetir los sonidos al dormirse y al abrir los ojos y ver un mismo pedazo de pared o de cielo. Decidió que su recorrido sería un circuito, pero nunca volvió: ya sus pies no sabían llevarlo al lugar de partida.

Fue entonces cuando se dio cuenta de que se había perdido, de nuevo. Ahora no perdido en un nombre impuesto, sino perdido en la búsqueda de otro. Decidió dejar de tener nombre, dejar de buscar lo que no existía. Fue esa noche cuando lo conocí, con los ojos grandes y hambrientos, recordando el inicio de su peregrinación sin fin, mezclando palabras de varios idiomas. Y cuando le pregunté cómo se llamaba ahora, me miró perplejo y triste, y dijo “Tigre Consentido”.

P.D. Y esta es para aquella que lo bautizó.

jueves, enero 25, 2007

Muerte, vida, nacimiento

Me despierto una mañana y no me entero de nada nuevo porque la noche anterior supe lo único que me interesaba saber, gracias a la página web del periódico (sí, EL, porque no hay muchos más): ayer leía la obra de un vivo, hoy el señor está muerto. Así, coincidencialmente o lo que sea, quizás yo leía mientras él agonizaba , quizás él veía por última vez a su familia mientras me llevaba a algún pueblo perdido de Siberia o me presentaba la tristeza del Mar de Aral. Como pierdo la vida, viviendo vidas ajenas.

Desespero porque cuando tengo la oportunidad de escribir, me ganan la pereza, el miedo o la distracción, y cuando estoy ocupado, lejos del papel y del teclado, me asaltan ideas, frases, imágenes. Lo peor son los personajes, las voces en mi cabeza, la forma en que camina él, el eco de la muerte de Juana la Casquivana, todas esas compañías distantes, tan cercanas a mis fantasmas y mis sueños que me aterran. Y cuando trato de concretarlos, de arrinconarlos contra el papel, entre las letras, huyen, se deslíen como si las palabras les quitaran vida. Y me quedo sin poder desarrollar estas vidas mías que son ajenas.

Y lo que realmente me quita el sueño, más que no tener un peso para irme de paseo a Ráquira, más que dormir sin almohada y con los pies en la cabecera de mi cama fría y vacía, es no poder verte, es perder las esperanzas de oírte, es soñar con hablar contigo y reprimir las ganas de siquiera imaginarlo mientras estoy despierto. Ocupas mis sueños, colonizas los rincones en los que debo guardar mis secretos, me torturas con la claridad de tus ojos y la profundidad de tus miedos. Quiero volverte a vivir. Esta es una vida ajena por no haberte vivido como debía. Debería volver a nacer, para vivirte como es debido.

martes, diciembre 26, 2006

Que bonito es casi todo

Una mañana de invierno, mientras me asediaban los informes a revisores fiscales, los estados financieros consolidados y las solicitudes de información insuficiente, sonó mi celular. Era un mensaje de texto, de esos que solo me llegaron cuando tuve, alguna bella semana, un idilio secreto por escrito. Intrigado ante tan extraño acontecimiento, me encontré frente a un par de palabras, sencillas, directas, cálidas y calientes. Quise dejarlo así, pero la curiosidad y el deseo de recibir más mensajes, lo impidió; quise corresponder, pero el remitente era internerd. Ahora me llegan estos mensajes, de forma irregular, siempre llenos de ánimo, siempre como un nuevo impulso. Que bonito es casi todo.

Cuando tenía cincuenta y tres años, una larga carrera burocrática y una familia a punto de desmoronarse, murió mi abuela. Ya era hora: sí, lo sé, el ciclo de la vida, el reposo que es la muerte, los logros alcanzados. Pero me pesó su vacío, me costó reencontrar a un par de primos que ya creía muertos en vida, me impactó ver a mi sobrino Diego con acné y más de un metro noventa. El dolor fue tal que deje de lamentarme por lo desperdiciado , sin querer, recuperé el amor de María Cristina y me conseguí un nuevo reto en el trabajo. Que bonito es casi todo.

Antes de llegar a la laguna que era el destino que nos había prometido el guía, un venado se cruzó. Como nunca había visto venados, y mis novios siempre me han dicho que tengo piernas de gacela, me fui detrás de él. Y resultó que era ella: estaban sus tres pequeños, endebles, asustados, divertidos. Y ella los protegía. Eso bastó, claro, para que me perdiera del grupo y de la laguna. Que bonito es casi todo.