Tropipop, eso es lo que no se les tiene
Esta botica, en medio de su proceso de conformar y reforzar la alianza estratégica con La Tienda de la Esquina, ha encontrado la necesidad de hacer una aclaración, pequeña pero fundamental. Los clientes han hecho pocas sugerencias, pero varias se dirigen a la importancia de la música que viaja en el mundo cibernético (ve, sería más bonito decir cibernáutico, no?); aún antes de haber tomado medidas al respecto y de haber analizado el caso con don Federico, creo que es indispensable aclarar que no se poseen los archivos de la Mega.
Largas horas estuve encerrado en un carro este fin de semana con festivo, y no me quejo de ello: gran paseo. La cuestión es que con el paso del tiempo y la obsesión por poner la mega en el radio, me fui dando cuenta de la existencia de un abismo que me separa de la gente de mi edad: la música (claro, hay mil otros, pero ya iremos viendo, si es que yo me aguanto escribir tanta mierda, y sus mercedes leerla). O bueno, no de todos, pero sí de este grupo en particular.
La Mega, según noté, se especializa en el jedeondo reguetón y en cierto género musical al que no le conozco nombre alguno. Fonseca, Palo de Agua, Maía y demás acólitos de Carlitos Vives pululan en esa emisora, y sus canciones se repiten una a otra, y aparecen incesantemente. No sé si ese género se llama rumba urbana, como alguien me dijo (pero qué va, si la rumba de esta urbe va justamente del reggae al reguetón, de este género sin nombre al metal, del rap de las cruces a la salsa de los intelectuales de cincuenta años, de lo más electrçónico a guabinas y bambucos y “plancha”, de Darío Gómez a Björk…) o si efectivamente sea una mezcla de merengue con música de chimenea (algo así como un cruce entre los hermanos Vargas (Wilfredo y Sergio, claro está) y la trova cubana de Silvio y Milanés, pero le encontré un nombre. Un nombre que quiero proponer y foguear, a ver si logramos definirlo de alguna manera. Esta música, que no se les tendrá en esta botica, pasa a llamarse, por decreto del boticario autócrata, TROPIPOP.
Ni es tropical ni es pop pero es las dos a la vez, pero huyendo de ambas, en esa moda increíblemente variada que es la “fusión”. No sé, pero después de dos horas seguidas de eso, yo sí que quiero que me fusionen con lo que salga al paso (pero no con la tienda de la esquina, que queremos mantener la independencia). Y entre “paruparu papapaparu” y “larai laraira” me acuerdo de mis canciones de infancia, y me dan ganas de chuparme el dedo gordo del pie y de llorar a grito ventiado porque sí, porque me mama, porque estoy hasta los cojones de las pulseritas de Colombia y el tropipop y la gente que dice “claro, u’ón” y “no, marics, sté tiene’s ueo” y demás. Mamado. No puedo más y no quiero más. Pa’ eso mejor leo a Don Tomate y me voy de tomata, o al Dr. Barbarie y me identifico con su odio a todo lo socialdemócrata, o al que le brilla un lado y me siento, de nuevo, rdicalmente pendejo. Mejor oír Darío Gómez. O, si es pa’ eso, más bien recuerdeo el breve espacio en que no estás con Milanés y luego sacudo el esqueleto con el baile del perrito de alguno de los Vargas, y sale.
Pero eso vale ueo, marics, la cagada, u’ón, es que esta botica de mierda no les tiene la música de moda.
P.D. Pero, en serio, vayan al parque de los nevados. Uno se levanta y el viento baja la niebla de las montañas y el aire tiene menos oxígeno y todo es de nadie y uno se siente feliz.
P.D. 2. Juana está que regresa…
